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Sin tratamiento, las várices progresan inexorablemente, agravándose y producirán alguna o varias de las complicaciones que se pasan a describir.
Hemorragia: técnicamente llamada “varicorragia” por rotura traumática o espontánea de una vena muy adelgazada. Son de sangrado profuso y deben controlarse con compresión simple (nunca torniquete) hasta que se acceda al especialista.
Flebitis: nombre impropio utilizado para describir una trombosis venosa superficial, es decir una várice cuyo contenido se ha coagulado y con mayor o menor grado de inflamación (pero nunca infección). Es bastante molesta, pero siempre benigna.
Trombosis: se llama trombo al coágulo adherido a la pared de la várice. La trombosis venosa superficial es la que se acaba de describir con el nombre folclórico de “flebitis”.
La trombosis venosa profunda es un proceso de cuidado que tiene lugar en el interior de los colectores venosos profundos con gran efecto sobre toda la extremidad afectada, que puede producir embolia (un émbolo es un coágulo desprendido del trombo) que viajará dentro del sistema venoso hasta alcanzar los pulmones, a veces fatalmente. Este proceso requiere internación rápida y anticoagulación severa con tratamiento conjunto por el flebólogo y el hematólogo.
Ulcera de pierna: si bien son de diferentes causas, la más frecuentes son de origen varicoso. No aparecen de un día para el orto, sino luego de años de negligencia del paciente quien ve la piel de su tobillo enfermo cambiar de color, infiltrarse, endurecerse, perder el vello natural, mancharse y finalmente perforarse por muerte de los tejidos agobiados por la falta de oxígeno.
Son tratables en la mayoría de los casos, pero pueden repetirse, pueden requerir cirugía y pueden no cerrar nunca. En casos muy avanzados se ve afectada la articulación del tobillo que termina soldándose (anquilosis).
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